Primo Levi


Primo Levi: La trilogía del lager

  • Se questo è un uomo (Si esto es un hombre)
  • La tregua (La tregua)
  • I sommersi e i salvati (Sumergidos y salvados)

Por Antonio Dueñas

Primo Levi (Turín, 31 de julio de 1919  –  Turín,  11 de abril de 1987) escribió a lo largo de cuarenta años tres títulos fundamentales de la literatura testimonial y biográfica: Si esto es un hombre (1947), La tregua (1963) y Sumergidos y salvados (1986). Pese al transcurso de los años se trata de una única obra en tres actos o de tres obras  cuyos planteamientos, narración y reflexiones forman un todo recurrente y dramático.

   Al poco de su regreso de Auschwitz comenzó el primero de ellos. Se trata de una narración descarnada y escueta, donde el asombro, el sufrimiento y la extraña conciencia de la aniquilación del yo y de la conciencia misma delinean un mundo que a los ojos de un ser normal parecería imposible. De tan abrumadora magnitud es la presencia de esta conciencia que casi borra (¡cómo si fuera posible!) el sucinto relato de un inframundo donde la crueldad y el sadismo se transforman rápidamente en la cotidianeidad de una suerte de espectros a la espera del final. El extraordinario valor de este libro es precisamente su “contención”; el autor huye del efectismo fácil (cada uno de los momentos de la vida en el campo se presta a ello), como si limitara la narración a la menguada conciencia del personaje (el lector sabe que coinciden personaje y autor) y siguiera  la estela del  viejo Aristóteles  de que el poeta debe hablar lo menos posible en nombre propio.

   Pocos años después Levi publicó La tregua. La narración comienza en el final del primer libro, la llegada de los soviéticos al campo abandonado por los alemanes, el traslado de los pocos supervivientes a los hospitales de fortuna de los rusos, los nuevos modos de supervivencia, los repetidos intentos de volver a Italia, los compañeros de camino, los rusos bullangueros y permisivos, los vagones de los trenes, las acampadas interminables, una especie de anábasis, al fin, entre la incrédula asimilación de lo ocurrido, los anhelos de un futuro tal vez, la necesidad de contar, las primeras frustraciones. Una tregua extenuante, a veces más amable, que termina con la vuelta a casa y a la patria.

   Durante muchos años Primo Levi combinó el ejercicio de su profesión de químico (con clientes incluso de la alemana Bayer) con su labor de difusión de lo ocurrido en los campos alemanes de exterminio. Mantuvo infinidad de encuentros en escuelas, liceos y Universidades; mantuvo una nutrida correspondencia con lectores y con personas que, a veces incrédulas, a veces con reproches, querían saber más y querían saber más de lo que había pasado y pasaba por la mente y por los sentimientos de los que se habían salvado. Levi leyó prácticamente todo lo que se había publicado hasta el momento sobre los lager, sobre el exterminio, sobre las motivaciones de los nazis y, de manera omnipresente, sobre los silencios, las complicidades y, en el mejor de los casos, la indiferencia de los alemanes.

   De todo ello nació I Sommersi e i salvati. El autor reflexiona en una sucesión de emblemáticos capítulos (La memoria de la ofensa, La zona gris, Cartas de alemanes, por ejemplo) sobre lo ocurrido y sobre la extensa y compleja red de complicidades que hicieron posible la mayor vergüenza de la historia de la humanidad. Reflexiona sobre “el mal en el mundo” y en esta reflexión se acerca, por ejemplo,  al Semprún de La escritura o la vida.

¿Cómo fue posible ejecutar un plan de tan malvada complejidad? ¿Por qué no reaccionaron (al menos en Auschwitz; alguna reacción hubo, mínima, como es lógico, en Mauthausen o en Buchenwald) los deportados? ¿Por qué no se rebelaron? ¿Cómo fue posible el funcionamiento de la infinidad de campos que levantó el régimen nazi con tan pocos soldados y guardias de las SS?

Levi con infinita paciencia, con la contención de quien podría haber sido sólo un observador externo, aporta datos, explica mecanismos y dependencias, ahonda en los sentimientos humanos, reflexiona sobre el miedo, sobre el instinto de supervivencia, sobre la crueldad, sobre la falta de solidaridad, sobre la temprana y sistemática aniquilación de cualquier vestigio o conciencia propia de un ser humano, sobre la animalización absoluta;  sobre la red de cómplices al interno mismo de los campos (“la zona gris”; excelente y amarga al respecto Kapò, la película de Gillo Pontecorvo); sobre la culpa, la culpa del superviviente; sobre los salvados.

   Quienes experimentaron de lleno la maldad del lager son precisamente quienes no han podido dar testimonio: son los sumergidos. Sólo ellos hubieran podido, de haber tenido la posibilidad, la conciencia e incluso la palabra suficiente, hablar con propiedad, contar. Desgraciadamente i sommersi no sobrevivieron, ni siquiera uno de ellos. Sólo los que se salvaron han podido contar, y los salvados lo fueron porque, de algún modo, pertenecieron a la zona gris.

   Primo Levi es reacio a ofrecer juicios morales sobre los deportados. La condición humana es imprevisible y despunta sus peores componentes en circunstancias extremas de sufrimiento y miseria. Sí es taxativo, en cambio, con el “pueblo alemán”. No es que no quisieran saber –escribe-; querían no saber. A quien haya “visitado” Mauthausen, por ejemplo, le resulta extraño, imposible, que los habitantes del idílico pueblecito austriaco, cercano a Linz, ignoraran que después de la curva a la salida del pueblo, un poco más arriba, morían miles de personas. Que la mano de obra esclava de la que ellos se servían no podía ocultar algo decente; que el humo que salía de las chimeneas y el olor a carne quemada no se debía a un rústico asador en la colina. Naturalmente el propio Levi apunta numerosas excepciones de deportados políticos alemanes, por ejemplo, de gente que “se la jugó” frente a los nazis; pero son los menos. Su juicio sobre “el pueblo alemán” aplasta como una losa.

   Tras la derrota “el pueblo alemán” emprendió un proceso colectivo de catarsis, de reflexión, hubo muchas personas que pidieron perdón (recordemos, por ejemplo, el gesto de Willy Brandt en el ghetto de Varsovia), se prohibió el nazismo. En Austria creo que no se ha dado ese proceso; los austriacos, es mi impresión, no han vivido esta catarsis o lo han hecho a la sombra de los alemanes; Kurt Waldheim es el caso paradigmático: vivió toda su vida (y llegó a Secretario General de  las Naciones Unidas y presidente de Austria) como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera sido oficial de las SS.

   Primo Levi se suicidó, como muchos de los salvados; el once de abril de 1987, al parecer, se arrojó por el hueco de las escaleras de su casa en Turín.

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