La isla de Sajalín: la mirada como relato

La isla de Sajalín: la mirada como relato

Por María Jesús Casals

“La literatura se considera artística justamente porque dibuja la vida tal como es en realidad. Su objetivo es la verdad, una verdad incondicional, honesta… el escritor no es un confitero, un cosmético o un bufón: es un hombre obligado, comprometido por un contrato que ha firmado con su conciencia, con su deber…  ” 

A. Chéjov

CHÉJOV, Antón P., 2005: La isla de Sajalín. Trad., Introducción y Notas de Víctor Gallego Ballestero. Barcelona, Editorial Alba Clásica Mayor, 447 páginas

Antón Paulovich Chéjov (1860-1904) tenía 30 años y una tuberculosis pulmonar, era médico y ya un escritor cuando emprendió el viaje a la isla de Sajalín, un lugar situado en el extremo de Siberia, entre la península de Kamchatka y el archipiélago de Japón, en el mar de Ojotsk. Guarda la entrada de la desembocadura del río Amur. El fin del mundo. Uno de los infiernos gélidos e indomables de este planeta. Y por eso allí había un penal donde se deportaba a presos políticos y a los criminales reincidentes del imperio ruso.

Río Amur (Siberia)

Chéjov tardó casi tres meses en llegar a Sajalín cruzando toda Siberia. Y pasó en la isla otros tres meses y tres días visitando las cárceles, las colonias de los penados y de los carceleros, hablando con los seres humanos que fueron allí arrojados, explorando todo su territorio, y observando con una empatía lejana a ningún sentimiento de superioridad a las poblaciones nativas de ainos y guiliacos. Se detuvo también en las bellezas de la isla y en su tundra inhabitable, en su historia, en la flora y la fauna, en la orografía y en el clima. La isla de Sajalín no fue pensada como una obra literaria sino científica, analítica, de observación rigurosa, objetiva. Quiso ser la tesis doctoral para la culminación de los estudios de Medicina, algo que Chéjov no logró porque fue rechazada. Pero La isla de Sajalín ha sido mucho más que una tesis: ante todo es el gran testimonio con voluntad objetivista sobre una realidad que había que contar. Es decir, un gran reportaje. (Es magnífica la edición de esta obra por la editorial Alba y es exquisita la traducción de Víctor Gallego, así como su breve introducción y las excelentes notas).

La isla de Sajalín es la obra a la que Chéjov dedicó más tiempo y esfuerzo. Y puede ser que marcara de forma definitiva su carácter y alimentara su escepticismo (aunque yo preferiría hablar en el caso de Chéjov de auténtico estoicismo) y su compromiso con los más débiles. Puede ser que Sajalín fuera el germen de sus maravillosos relatos, el principio de su interés por observar al ser humano con buscada distancia, sin juzgarlo, mostrándolo.

La crítica que contiene La isla de Sajalín al sistema represivo del zarismo es la más efectiva que pudiera haberse realizado: por la técnica de la “mostración”, es decir, ese modo periodístico de hacer que el lector se olvide de quién le cuenta porque lo que importa es hacerle ver una realidad. El lector viaja virtualmente allí, a Sajalín, y escucha y ve a los condenados al infierno. Siente el frío y la desolación más inimaginables, la impiedad y la crueldad, la impotencia por las fugas fallidas, la tundra inhóspita, el martirio de los mosquitos, las enfermedades. Siente qué es la privación de alimento y la privación del calor y del afecto; comprende qué es eso de la capacidad de adaptación y supervivencia de los seres humanos, también la capacidad infinita de esperanza y de desesperanza. Comprende que las grandes palabras que alimentan lo que llamamos moral, ética o estética (verdad, belleza, amor, fraternidad, libertad…) no son más que construcciones culturales que se han podido realizar en óptimas condiciones; y que tienen escaso sentido cuando sólo queda la lucha por sobrevivir como sea.

Siempre he admirado a Antón Chéjov por su altura inalcanzable como escritor y como ser humano. Los personajes de sus relatos los he ido encontrando a lo largo de la vida. Y me ha enseñado a valorar por encima de todo ese distanciamiento leve, elegante, respetuoso, en su escritura. Chéjov me ha invitado a entrar en fragmentos de existencias ajenas, suavemente, diciéndome: “tuya es la conclusión. Yo sólo la muestro como puedo, lo mejor que puedo”.

He sido periodista y ahora enseño periodismo. Mi maestro Chéjov me recuerda que es inútil pontificar, teorizar en exceso. Muéstralo. Muestra el rigor: describe bien. Muestra lo que pasa: crea la escena. Muestra cómo son estos hombres y mujeres: obsérvalos, escúchalos. Explica contextos, brevemente, lo necesario, lo justo. Un detalle bien observado y descrito evita y suple cualquier clase de juicio, cualquier dosis sobrante de sentimentalismo. Evita el moralismo barato.

Por ejemplo, en Sajalín hay niños, pocos, porque Sajalín es la definición de lo evitable, de la vida como un imposible, es la obligación de la huida. Y Chéjov tiene que hablar de esos niños que viven en la desgracia más cruel. Elijo estos fragmentos precisamente porque la cuestión infantil es siempre una realidad sobrada de juicios de valor y de lamentaciones en muchos escritores y periodistas que tienen que abordarla. Son tres extractos del mismo capítulo, el XVII, titulado “Composición de la población por edad. La situación familiar de los exiliados. Matrimonios. Natalidad. Los niños de Sajalín”. Tres fragmentos diferentes para contar la realidad de estos niños de la isla de Sajalín:

“ Cada nuevo nacimiento es recibido con frialdad en la familia. Junto a la cuna no se cantan canciones, sólo se oyen amargos lamentos. Padres y madres dicen que no tienen con qué alimentar a sus hijos, que éstos no aprenderán nada bueno en Sajalín y que “lo mejor será que dios misericordioso se los llevara lo antes posible”. Si el niño llora o hace alguna travesura, se le grita con rabia: “¡Cállate o te mato!”. (P. 284)

“Al recorrer las isbas de Verjni Armudán, entré en una en la que no había ningún adulto. Sólo encontré a un niño de diez años, de cabellos rubios, cargado de espaldas, descalzo; su pálido rostro, cubierto de grandes pecas, parecía de mármol.

-¿Cuál es el patronímico de tu padre?

-No lo sé- me respondió.

-¿Cómo es posible? ¿Vives con tu padre y no sabes cómo se llama? Debería darte vergüenza.

-No es mi verdadero padre.

-¿Cómo que no es tu verdadero padre?

-Es el cohabitante de mi madre.

-¿Tu madre está casada o es viuda?

-Viuda. Vino aquí por su marido.

-¿A qué te refieres?

-Ella lo mató.

-¿Te acuerdas de tu padre?

-No. Soy ilegítimo. Mi madre me dio a luz en Kara (pp.285-286)

“Los niños de Sajalín son pálidos, delgados, indolentes. Van vestidos con harapos y siempre están hambrientos. Como el lector verá más adelante, mueren casi siempre de enfermedades intestinales. Viven acosados por el hambre; a veces, durante meses enteros sólo se alimentan de nabos o, en las familias más acomodadas, de pescado salado. Las bajas temperaturas y la humedad destruyen el organismo infantil, llevándolo a la extenuación, a una degeneración lenta de todos los tejidos” (p 286).

La objetividad. Aquí la tenemos no como disfraz sino como necesidad. Es objetivo todo lo que relata Chéjov: ofrece datos, detalles significativos, secuencias, descripciones. Ofrece un trabajo comprometido con la realidad. No juzga, no valora, el relato de lo que encuentra es suficiente. Y precisamente porque la realidad con la que se topa es demasiado áspera, Chéjov opta por desaparecer como sujeto narratario. Su trabajo es hacer ver, hacer comprender por las palabras que muestran, desnudas, como renunciando al estilo, pero logrando el estilo sublime de la mirada que relata fielmente lo que ve.

Chéjov no consideró su isla de Sajalín como obra literaria, sino como una investigación social. Al llegar a Sajalín llevaba una acreditación de periodista que le permitía hablar con los presos, excepto con los políticos. Aún así, se las arregló para visitarlos. Elaboró unas fichas con preguntas e hizo imprimir 10.000 copias. Visitó las cárceles y colonias de la isla y elaboró un censo de población. Investigó las condiciones de vida en la colonia penitenciaria: alimentación, la inhumanidad de las celdas, los trabajos de los colonos y presos, el estado de los hospitales, la actuación de carceleros y autoridades. Dedicó una atención muy especial a la situación de las mujeres, tanto de las presas como de las que llegaron a Sajalín siguiendo el destino de sus maridos condenados. Describió la descomposición de la vida familiar en las situaciones límites de la isla. Esta isla que explora, cuenta su historia y su realidad: se detiene allí para mirar también la dura existencia de los oriundos isleños, guiliacos y ainos, sin asomo alguno de superioridad.

Presos en Sajalin

Chéjov escribió la más valiente y dura acusación contra la tiranía brutal del gobierno zarista. Relata Víctor Gallego en la Introducción que las consecuencias de todo este empeño del escritor ruso de relatar (solo relatar) los hechos escandalosos (incluso para la moral de la época) “motivaron la apertura de una investigación oficial, probablemente de escasas consecuencias prácticas; no obstante, Chéjov había conseguido su objetivo: lograr que la opinión pública fijara su atención en la isla de Sajalín y en las condiciones de vida de los presos. Poco a poco, muchos aspectos siniestros de la vida de los exiliados fueron mejorando y algunas prácticas especialmente odiosas se erradicaron para siempre. Así, en 1893 se prohibieron los castigos corporales a mujeres; en 1895 el Estado asignó una suma para el mantenimiento de los orfanatos; en 1899 desaparecieron el exilio de por vida y las condenas a cadena perpetua; en 1903 se suprimieron los latigazos y las cabezas afeitadas”.

Con todo ello, no es entendible que esta obra de Chéjov no figure como la más importante precursora de lo que mucho más tarde se ha venido en llamar periodismo de investigación. Este gran reportaje debería leerse y analizarse en todas las facultades donde se enseñe periodismo. Por todo: por el método, por el rigor, por el lenguaje, por la objetividad como procedimiento de verosimilitud y el objetivismo literario como retórica persuasiva; por su honradez, por su dignidad humana y profesional, por su compromiso absoluto con una verdad que no se quería ver ni saber. Por su exquisita escritura que logra el interés humano sin hurgar morbosamente en tanto sufrimiento y tanto mal. Logra la empatía. El libro, además, contiene impresionantes fotografías de las cárceles, de los presos, de los nativos. Hay una que conmueve por su composición, por la dignidad de su movimiento y por su desolada realidad: la llegada a Sajalín de una mujer condenada al exilio por motivos políticos (p. 268):

La isla de Sajalín, según advierte Víctor Gallego (p.31), “es la obra que más esfuerzos y afanes costó a su autor”. He conocido antes su obra literaria (releída varias veces en diferentes etapas de mi vida) y me parece indudable que esta experiencia marcó a Chéjov para siempre. Tenía 30 años. A partir de la lectura de este libro puedo entender mejor su sentido de la vida y la forma en que abordó sus cuentos y a los personajes que en ellos habitan. Esa capacidad de observación y la renuncia al juicio moral constituyen la universalidad de su creación literaria. Ese conocimiento del ser humano y la compasión estoica de la que nunca quiso desprenderse.

Sajalín en 2009

Es muy improbable que pueda ir algún día a la isla de Sajalín. Es un fin del mundo absoluto desde donde vivo. Pero he podido acercarme al Sajalín de hoy gracias al Google Earth. En este espacio virtual se ha insertado alguna fotografía de la isla. Parece, ahora, un mundo civilizado. La misma impresión de civilidad que percibí en Ushuaia, en la Patagonia argentina, otra “isla penal” que se pobló con los condenados allí arrojados. Pude asombrarme y disfrutar de la belleza de ese último rincón del continente americano, otro fin del mundo. Pero había leído La isla de Sajalín y no pude dejar de imaginar el sufrimiento y la desolación absoluta que guarda cada puñado de tierra en Ushuaia. Aún queda un extraño cementerio: el de los árboles muertos de un bosque en el que jamás volvieron a crecer una vez que los presos los aserraron para el mantenimiento del penal. Un cementerio al que llevan ahora a los turistas, como los llevan a la antigua terrible prisión, hoy museo.

Sajalín

La isla de Sajalín: un gran reportaje escrito en un lenguaje actual, lleno de sensibilidad, rezumando solidaridad. Una feroz crítica que se desprende en la precisión de cada dato, secuencia, descripción, apunte, análisis. Porque el juicio sobra. La primera persona de Chéjov sólo aparece cuando es testigo de algo o cuando es interlocutor de alguien. Todo lo demás es la realidad viviendo.

El peligro para la supervivencia del periodismo (el buen periodismo) no está en las nuevas tecnologías ni en ninguna otra cuestión relacionada con soportes físicos. El periodismo desaparecerá cuando a nadie le interese leer, o escribir, un buen y justo reportaje.

En una carta dirigida a un aspirante a escritor que le pidió un recetario estilístico, Chéjov escribió estos 6 consejos ineludibles para el periodista narrativo:

Te aconsejo:

1) ninguna monserga de carácter político, social, económico;

2) objetividad absoluta;

3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas;

4) máxima concisión;

5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional

Es indescriptible la fuerza y la belleza de La Isla de Sajalín, este gran reportaje de Antón Chéjov que se publicó en 1893.

 

María Jesús Casals es profesora del MUIP

 

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