Elogio de la imperfección

Elogio de la imperfección   

Por Antonio Dueñas

  • Elogio de la imperfección (2010), Rita Levi-Montalcini. Ed. Tusquets ,2011  (primera edición en italiano: 1987)
  • El cerebro accidental (2007), David Linden. Ed. Paidós, 2010  (primera edición en inglés: 2007)
  • Y el cerebro creó al hombre (2010), Antonio Damasio. Ed. Destino, 2010 (Self Comes to Mind: Constructing the Conscious Brain, 2010)

Los estudios sobre el funcionamiento del cerebro; sobre cómo se puede observar y explicar su potencial y sus capacidades cognitivas; sobre cómo incluso los sentimientos y las emociones pueden examinarse sobre la base de sinapsis y recorridos neurológicos hasta ahora poco conocidos, han recibido un enorme impulso en los últimos años. Tomo prestado el título del primero de los libros indicados para reflexionar, comentar (e invitar a algún posible lector a que lo haga) sobre este azaroso órgano, muchas de cuyas funciones están aún por explicar.

   El nexo común de las tres obras, uno de sus puntos de partida más evidentes, puede condensarse, en efecto, en el título mencionado: la evolución del ser humano está determinada por la casualidad y este azar es especialmente evidente al observar la evolución del cerebro. No es posible pensar en algún tipo de diseño, inteligente o programado, porque la evolución del cerebro no sigue ninguna lógica, se pierde con frecuencia por los caminos menos rentables; vuelve sobre sus pasos o inicia procesos de “reparación” de anteriores líneas  equivocadas en su desarrollo.

    En palabras de los autores es como si al bastidor de un automóvil de los años 30 del siglo XX se le sobrepusiera una carrocería de los años sesenta y a ésta los últimos avances tecnológicos del siglo XXI. Todo superpuesto: el chasis de un ford T, más la carrocería de un cadillac, más el navegador y el climatizador de uno de los últimos modelos actuales de automóvil. Cerebro reptiliano, tronco encefálico, hipotálamo, cerebelo, sistema límbico, corteza cerebral se superponen como quien rellena apresuradamente un baúl, en un amontonamiento que, precisamente por su volumen, pone en peligro la supervivencia misma de la especie.

   Pese a esta “imperfección” evidente, el resultado es que  el cerebro humano es capaz de la más prodigiosa creación del reino animal: la que permite la conciencia y el habla, los sentimientos y las emociones, la empatía y la simpatía, la mímesis y la creatividad. Más aún, este cúmulo de mutaciones casuales, este proceso “inarmónico” ha permitido que el cerebro humano evolucionase de manera espectacular. Al estar exigido de manera tan acuciante por  urgentes necesidades de adaptación y de supervivencia, su crecimiento ha sido provisional y errático, teniendo en cuenta siempre soluciones inmediatas y nunca “a largo plazo”; pero precisamente ese “desorden” ha propiciado su espectacular desarrollo. Por el contrario, el modelo que mejor ha seguido y cumplido su “plan evolutivo”, el de los insectos, es idéntico desde hace miles y miles de años. Sería capaz –se dice siempre- de resistir cualquier catástrofe, natural o radiactiva; pero, al no haberse prestado al juego de la continua presión selectiva –como dice Levi-Montalcini-, nunca tendrá  entre sus descendientes  a un Hitler o a un Einstein.

   Habría que pensar –pero éste sería otro tema de reflexión- si este crecimiento inarmónico y desordenado podría conducir, como se ha señalado algunas veces,  a un crecimiento  también desordenado de la propia conciencia, individual y colectivamente hablando.

   Rita Levi-Montalcini, que cumplió ciento tres años el pasado mes de abril de este 2012, premio Nobel de medicina en el año 1986, estudió en Turín, su ciudad natal y “eligió” el exilio cuando el régimen de Mussolini promulgó en 1938  las llamadas “leyes raciales”. Trabajó e investigo en St. Louis y en Rio de Janeiro.  Su contribución más reconocida trata del desarrollo  del sistema nervioso y, en particular, sobre los factores específicos de crecimiento de algunas líneas de células nerviosas. El interés de Levi-Montalicini se centra preponderantemente en la misteriosa secuencia de mutaciones que originó el aumento de volumen en el cerebro humano; en cómo y por qué se expandió la corteza cerebral, levitó, como si fuera un soufflé y se plegó sobre sí misma en un número creciente de circunvoluciones. Es posible reconstruir el aumento del volumen cerebral por los fragmentos craneales que se han encontrado, de distintas épocas desde el último Mioceno; no es posible, sin embargo, -afirma la autora-  reconstruir el proceso de aumento de las circunvoluciones de la corteza: este proceso no ha dejado huellas.

Lucy ©TheResilientEarth.com

   Esa misteriosa sucesión de mutaciones hizo que nuestra antepasada Lucy se disociara de sus congéneres, que siguieron viviendo en los árboles; que se adentrara peligrosamente en la sabana y que fuera afinando y perfeccionando su capacidad para producir artefactos y herramientas rudimentarias: los comienzos de la tecnología. Se desarrollaron las capacidades visivas y auditivas –eso parece indicar la evolución de la corteza- y a ellas se unió la capacidad del lenguaje articulado. Miles de años más tarde esta evolución biológica será sustituida por la “evolución cultural”; el resultado es la supervivencia y propagación del homo sapiens.

El ser humano evolucionó en las áridas y abiertas planicies de África

Elogio de la imperfección, título de resonancias clásicas y renacentistas (desde los sofistas a Erasmo) es un raro libro de “autobiografía científica”. Su autora es capaz del juicio sereno que proporcionan la edad y la proximidad de   una larga vida dedicada a la investigación neurológica.

   David Linden (Santa Mónica, 1961) es profesor de neurociencia en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y uno de los más reconocidos investigadores actuales sobre el funcionamiento del cerebro. Linden aclara con lucidez, pasión y una pizca de irreverencia su punto de vista desde el primer capítulo: el cerebro no es esa obra de ingeniería, máquina perfecta, que nos dicen en el colegio o que nos enseñan en los documentales de la televisión. Ni mucho menos: el cerebro no es un “diseño elegante”. Su función es extraordinaria, pero los “planos de su construcción” son extravagantes e ineficaces.

   El cerebro, en su obligada respuesta para adaptarse a los problemas y trampas de la evolución, ha ido desarrollando continuamente soluciones “de parche y chapuza”; en él se pueden apreciar estos “fallos de diseño”. Sin embargo, precisamente esa aglomeración de soluciones parciales, tan acientífica si la observamos en su conjunto, es la que ha permitido, como se decía anteriormente,  que el ser humano genere sentimientos y emociones como nunca antes había ocurrido. Es, pues, un órgano de una eficacia probada y de un rendimiento sorprendente. Describir estos procesos es el objetivo que se propone este estudio.

   Linden explica con claridad y rigor el funcionamiento químico-eléctrico de sinapsis y neurotransmisores; insiste en la “falta de rigor” en el diseño del cerebro también desde un punto de vista espacial; explica detalladamente y con ejemplos el concepto de plasticidad neuronal; concluye, en fin, que el número exagerado de neuronas (unos cien mil millones) se debe precisamente a esa acumulación de soluciones parciales  (soluciones anacrónicas ya en muchos casos) que nunca se han “reformado” teniendo en cuenta  un plan general de ahorro y eficiencia.

   Sumamente interesante es su análisis de las percepciones sensoriales. La tradición cultural y social impone el sentido de la vista como el más fiable, para ir descendiendo en fiabilidad hasta el oído y el olfato. Esta tradición condicionó  las viejas teorías sobre la información y su validez indiscutible cuando hay testigos oculares (como sigue ocurriendo en los tribunales); de este modo, durante mucho tiempo nos hemos afirmado en la idea de la “información objetiva”. Así, cualquier estudiante recién llegado a la Universidad repetirá como “lección aprendida” aquello de que “las cosas son como son”, de que “los hechos suceden como suceden” y que la misión del periodista es tomar nota de lo que ha sido y ha ocurrido. Estas afirmaciones sobre nuestra capacidad y fiabilidad sensoriales –afirma Linden- sencillamente no son ciertas.

   A lo largo de miles de años de “bricolaje evolutivo” (son sus palabras) nuestro sentidos han evolucionado para percibir unas cosas y para ignorar otras; nuestras percepciones no tienen por qué coincidir con las del vecino; mi vecino y yo no tenemos por qué ver eso que llamamos “realidad” de la misma manera, aun siendo ambos testigos oculares simultáneos de un acontecimiento. ¿Se podría hablar de manipulación sensorial? Hay razones biológicas que explica Linden, como sucede en el caso de la vista, para demostrar una cierta distorsión; el camino del órgano y sentido de la vista es tortuoso y los “mapas sensoriales” de que disponemos reflejan esa misma ineficiencia evolutiva.

   A ello podríamos añadir que la  plasticidad neuronal desde hace miles de años es fundamentalmente social y cultural; como consecuencia, nuestras percepciones sensoriales se confrontan continuamente (cognitivismo puro) con los modelos visivos, auditivos, de comportamiento etc. que tenemos almacenados y registrados por aprendizaje, por mímesis, por odio o por pasión. Resulta muy arriesgado, por tanto, cuando no erróneo, afirmar la “misma realidad” para todos; por ello mismo también resulta tan difícil cambiar los patrones y modelos que tenemos interiorizados.

   Un capítulo especialmente llamativo de El cerebro accidental es el dedicado a explicar, el comportamiento sexual de los seres humanos por motivos del desarrollo cerebral. Idea recurrente en los tres autores es esa falta de “programación” y racionalización que conduce a que el cerebro humano sea demasiado grande y que, por razones estrictamente del “canal de parto” deba desarrollarse  durante muchos  años fuera del útero materno. La cría humana es incapaz de alimentarse y valerse por sí misma hasta más allá de la adolescencia y su madre no es capaz por sí sola de proveer a todos los cuidados que durante tanto tiempo exige una cría humana: de ahí que se hayan ido estableciendo relaciones consolidadas entre hombres y mujeres; de ahí que los varones acepten hacerse cargo (al menos parcialmente) del cuidado de las crías. La promiscuidad de la mayoría de las especies, de machos y hembras, se “negocia” por la conciencia en el hombre de una paternidad segura (cosa que sucede en el noventa por ciento de los casos; este aspecto lo desarrolla en profundidad Richard Dawkins en El gen egoísta) y por la seguridad en las mujeres de un apoyo fundamental para sacar adelante a sus crías.

   Los cambios que todos conocemos de madres que cuidan solas a sus hijos, de nuevos tipos de familias, de uso de anticonceptivos, de las distintas formas de sexualidad, etc. –dice Linden- aún no han no han pasado por el proceso de selección que supone un proceso tan lento como el de la evolución; y en el caso específico del cerebro hay que sumarle la ingente cantidad de neuronas (con una mucho más ingente capacidad generadora de sinapsis), que se “mueven” muy lentamente, y que desde que aparecieron, en su gran mayoría hace millones de años,  no han experimentado cambios sustanciales.

   No sé si esta interpretación es la más correcta. En todo caso contribuye, como el libro en su totalidad, al debate y al mayor conocimiento del cerebro, para explicar comportamientos, capacidades y emociones.

   Antonio Damasio (Lisboa, 1944), profesor de “Neurociencia, Neurología y Psicología” en la Universidad  del Sur de California, premio “Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica” en 2005, se propone en este estudio analizar cómo el cerebro construye la mente y, además, cómo el propio cerebro consigue que esa mente sea consciente, que seamos conscientes.

   Sabíamos (o intuíamos) que la mente es la manifestación más evidente del cerebro, algo así como su fruto visible y concreto. Solemos también atribuir la característica diferencial de los humanos al manifestarse de la “conciencia”; pensamos que adquirimos como especie el apellido sapiens, cuando algún antepasado remoto pensó en sí mismo de manera reflexiva y  no puramente referencial; cuando pudo tener memoria del pasado y se atrevió a proyectar el futuro; cuando se hizo, de manera muy rudimentaria seguramente, las preguntas más elementales que después hemos incorporado al acervo elemental y jocoso de la especie.

   Para ello el autor parte de los estudios clásicos y de los más recientes que relacionan la conciencia con el troco del encéfalo; se apoya también en la tradición conceptual sobre la mente y la conciencia que alcanza uno de sus mayores exponentes en William James  (para los literatos, el hermano de Henry). En síntesis, abundando en estudios como el mencionado anteriormente, se trataría de “elaborar una representación del cerebro en el momento en que contiene una mente consciente”.

    El cerebro, humano y no humano, hace muchos miles de años que dispone de una mente activa; la conciencia, sin embargo, se hace presente sólo cuando esa mente es capaz de desarrollar un testigo de sí misma, ser simultáneamente sujeto y objeto. ¿Es posible trazar un recorrido evolutivo, plantear un análisis neurológico que, al menos como hipótesis plausible, dé cuenta de este hecho tan trascendental? Éste es el reto que se propone (y nos propone) el autor.

   Damasio inicia este fascinante recorrido desde las neuronas, los axones y las sinapsis, constata “patrones neuronales” que se hacen evidentes en resonancias y tomografías axiales; propone que necesariamente, habida cuenta de todas las evidencias evolutivas y de las que se pueden observar en la actualidad,  es la región del encéfalo el área  del cerebro que desempeña el papel primigenio en la formación de la mente (como es lógico, con el paso del tiempo se le añadirán nuevas áreas) y, consecuentemente, en la formación de la creatividad, la memoria y los “procesos del sí mismo”, es decir, de la conciencia.

    Constata que en el cerebro se representan, a modo de mapas, los “aspectos más estables de la función corporal”. La representación de estos mapas se sitúa más concretamente –escribe Damasio- debajo de la corteza cerebral, en la región superior del tronco encefálico. De ser esto así (y parece que no hay dudas al respecto) los sentimientos primordiales, como el dolor y el placer, se generan también en los animales; y los sentimientos más complejos, como el apego y las emociones,  también; al menos en los animales que nos rodean, incluidos, por supuesto, los que nos comemos.

  La mente es, por tanto, el resultado de la continua elaboración de los mapas que efectúa el cerebro; porque el rasgo distintivo del cerebro es precisamente su asombrosa capacidad para crear mapas, y es precisamente la conciencia quien, en un proceso constante de interacción, nos permite percibirlos, relacionarlos, racionalizarlos etc.

   Si observáramos al microscopio un fino corte horizontal de la corteza cerebral, veríamos físicamente estos mapas, veríamos líneas y cuadrículas, como si se tratara, por ejemplo, del plano del Eixemple de Barcelona. Es decir, al hablar de “mapas” no proponemos una metáfora más o menos afortunada –escribe Damasio-, sino que estamos, en realidad, ante algo parecido a una pantalla electrónica que dibuja líneas con luces LED.

   Estos mapas se caracterizan, por un lado, por su extrema movilidad, dado que representan continuamente patrones tomados del presente, como pueden ser el funcionamiento y movilidad de una mano o de cualquier otro órgano; de oír una palabra, de leer una línea, de observar un árbol, etc. etc. Y también, por otro lado, por su carácter consciente o inconsciente de representación, de modo que podemos ver, oír, caminar, etc., pero también recordar, soñar o divagar: percepción y recuerdo.

Mapa de las actividades de la corteza cerebral, de forma artística utilizando texturas procedentes de cartografía real de Nueva Zelanda. (de La Cartoteca: http://alpoma.net/carto/)

Como se indicaba anteriormente, Damasio defiende que  la conciencia nace con los sentimientos primordiales y, por tanto, en el tronco encefálico que compartimos con la mayoría de los animales; cierto es que, después, desempeña un rol fundamental la corteza cerebral, tanto en la elaboración de mapas visuales como auditivos o sensoriales en general. Esta extraordinaria capacidad del cerebro es la que nos permite la gestión y el control tanto de nosotros mismos como de nuestro entorno; de modo que, aunque los animales no humanos tengan, según esta apreciación, un “principio de mente” la intervención de la corteza cerebral sí parece ser un hecho diferencial del cerebro de  los humanos. Si lo somos, es porque poseemos un cuerpo con un cerebro que ha sido capaz de crear eso que llamamos “mente”, de tomar conciencia de sí mismo, de desdoblarse en sujeto y objeto; de replegarse sobre sí mismo como las circunvoluciones de la propia corteza cerebral.

   Después de analizar la mente, su complejidad y su capacidad de representación, entra Damasio en el núcleo de su propuesta: la conciencia y sus distintas formas. Este análisis resulta sorprendente y fascinante. Comienza delimitando neurológica y lingüísticamente “emoción” y “sentimiento” para llagar a eso que él llama “el sí mismo”. A continuación analiza qué es la conciencia: “un estado mental en el que se tiene conocimiento de la propia existencia y de la existencia del entorno”. Si no hay mente, no hay conciencia; si hay mente, hay algún tipo de conciencia. Damasio analiza la conciencia como un estado  que admite gradaciones: hay una conciencia, que llama “conciencia autobiográfica”, que precisa la existencia de un lenguaje articulado y que, por tanto es  claramente la que define al ser humano. Hay también una conciencia, que llama “conciencia central” que no requiere la presencia del lenguaje articulado; más aún, su aparición en el proceso evolutivo es previa a la aparición del lenguaje. ¿Cómo es esta conciencia? Parece difícil de cuantificar y caracterizar; con seguridad no permite el recuerdo ni la ensoñación ni proyectos de futuro, pero sí un grado conocimiento de la propia existencia y del entorno.

   En este punto Damasio hace una afirmación parecida a la que se atribuye a Protágoras: no tengo suficientes razones para afirmar que muchos animales tienen conciencia, pero tampoco tengo razones para afirmar que no la tienen.  Su opinión científica parece decantarse por pensar que sí tienen conciencia, aunque (parece decir entre líneas) le falten aún algunas comprobaciones. De todos modos su razonamiento en este sentido es científicamente impecable: si los comportamientos de una determinada especie se explican mejor teniendo en cuenta que dispone de un cerebro dotado de procesos mentales y no sólo de “disposiciones motoras”; si el cerebro de esa especie dispone de los componentes  necesarios para formar mentes conscientes (como en los humanos y en otros animales no humanos), esa especie tiene conciencia. En efecto, como se decía con anterioridad, la mente se origina en la región del tronco encefálico, si bien en el “homo sapiens” se completa en las distintas áreas corticales.

   En resumen, tres autores imprescindibles para cualquier curioso o interesado en el porqué de nuestra especie y en las relaciones que mantenemos con las otras especies. El planteamiento en los tres casos pertenece estrictamente al paradigma científico, si bien Levi-Montalcini añada algunas  apreciaciones “humanistas” (hay en su libro una buena parte autobiográfica) y Antonio Damasio tenga en cuenta las aportaciones “psicologistas” de William James y de la tradición anglosajona.

    Como decía Popper, las propuestas del conocimiento están sometidas siempre al principio de falsabilidad y eso es lo que nos permite avanzar en la investigación y desarrollarnos como especie consciente. 

About these ads
Esta entrada fue publicada en Artículos, Ciencia, Divulgación, Ensayos, Ensayos y teorías, Lecturas y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s